NI ÁNGEL NI DEMONIO: TRACK 5 “RENZO, EL FÚTBOL Y YO…”

General, Zona Gay | admin | January 27, 2012 at 3:19 am

“Yo tenía 11 años y sabía que los niños me despertaban sensaciones extrañas y sabía, también, que debía reprimirlas.

“Yo tenía 11 años y sabía que los niños me despertaban sensaciones extrañas y sabía, también, que debía reprimirlas. Pero cuando lo vi pasar, todas mis represiones se fueron al carajo y me dejé dominar por sus ojos negros grandes y esa risita de pendejito que brotaba amplia de sus labios carnosos.

El tenía 15 años, vivía a diez casas de mi casa y pasaba por mi puerta todos los días. ¡Cómo no lo había visto antes! Eso de estar metido en mi mundo, estudiando y en la computadora, me había privado de ver al chico más lindo de todos, a ese cuerito que pasaba con shorts de futbol luciendo sus piernotas. ¡Qué rico era Renzo!

Regresa ÁNGEL, el fenómeno del ambiente gay Latinoamericano para brindar sus crónicas, compartir su vida, endulzarnos, enamorarnos e identificarnos, Más de 850 mil lecturas en 4 tracks hablan de un éxito sin precedentes. Tierno, divertido, sincero, encantador, un jovencito de 18 años que gusta y atrapa…

ÁNGEL presenta su TRACK 5. En él inicia el relato oficial de su vida homosexual y nos cuenta cuando se enamoró por primera vez y lo que rodea a esa experencia en la que se entremezcla el fútbol, la familia, los miedos, el deseo sexual, las represiones y hasta las telenovelas, y lo hace con estilo, con ese toque angelical y directo que hace que sus crónicas sean deliciosas y fáciles de leer… ¡Disfrútenlo!

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RENZO, EL FÚTBOL Y YO
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Cuando lo vi se me escarapeló todo el cuerpo. Pasó por mi lado, apenas me miró y sentí que el mundo era hermoso porque él existía. El era Renzo.

Yo tenía 11 años y sabía que los niños me despertaban sensaciones extrañas y sabía, también, que debía reprimirlas. Pero cuando lo vi pasar, todas mis represiones se fueron al carajo y me dejé dominar por sus ojos negros grandes y esa risita de pendejito que brotaba amplia de sus labios carnosos.

El tenía 15 años, vivía a diez casas de mi casa y pasaba por mi puerta todos los días. ¡Cómo no lo había visto antes! Eso de estar metido en mi mundo, estudiando y en la computadora, me había privado de ver al chico más lindo de todos, a ese cuerito que pasaba con shorts de futbol luciendo sus piernotas. ¡Qué rico era Renzo!

Era el verano del 2004, Enero para ser específicos y no me importaba la compu, ni los libros, ni el play. Solo quería ver a Renzo…

Desde ese día y religiosamente, convertí las vacaciones en un intento por llamar su atención. Me asomaba a la ventana todos los días y esperaba verlo pasar. El salía risueño a jugar fútbol y caminaba achorado. Salía el sol, el corazón de Ángel latía, se me escapaban los suspiros, Lima dejaba de ser gris y todo, todo era bello.

Mi hermano Matías me regresaba a la realidad. ¡Qué tanto miras, Ángel! preguntaba extrañado de ese repentino deseo de contemplar la calle sanborjina en la que vivíamos. No sabía que responder.

Renzo pasaba y no se percataba que yo estaba arribita suyo intentando despertarle una mirada, gritando silenciosamente ¡mírame! y sintiendo una extraña calentura corporal que empezaba en mi pecho y terminaba en mi entrepierna.

Cierto día, Renzo pasaba y tosí abruptamente. El príncipe de mi cuento levantó la carita intentando ver de dónde venía el ruido. No supe que hacer e intenté mirarlo a los ojos como miraba Rubí (la de la telenovela) a los hombres, con una mirada profunda y arrebatadora. Pero, cuando mis ojos intentaron producir la mirada de Rubí él ya había avanzado lo suficiente para no verme.

Otro de esos días decidí pararme en la puerta de mi casa y verlo pasar de cerca. Me tembló el cuerpo cuando vi que estaba a unos metros. Él pasó por mi lado y me vio. Esbozó una sonrisita buena gente y siguió su camino.

Esa misma operación se ejecutaría por varios días. Me paraba en la puerta de la casa como mirando el horizonte haciéndome el loco. Renzo pasaba, me regalaba una mirada bonachona, yo era feliz y no decía nada. Él seguía su camino y mis puños se apretaban de impotencia.

Pero cierto día algo cambió. Renzo hacía su habitual desfile matutino y lo veía pasar resignado sabiendo que todo seguiría igual y que las tácticas de Rubí se quedaban en la nada, cuando la aparición de Matías, mi hermano, cambiaría la historia.

¡Brother, un ratitoooo!! – gritó Matías saliendo apresurado de la casa -.

Renzo lo miró atento y poniendo la carita amable que lo caracterizaba. Yo quería hacerme polvo.

-¿Dónde juegan fútbol? – pregunto Mati -. Mi hermano y yo jugamos bien pero no sabemos dónde jugar por aquí.

– ¿Juegan pelota? – preguntó el príncipe de mi cuento.

Matías y yo asentimos.

-Aquí a tres cuadras hay una cachita. Allí peloteamos en las mañanas, pero faltan jugadores para armar dos equipos. ¿Por qué no se vienen a jugar?

-Yeahhhhh –gritó Mati- . ¡Mi hermano y yo jugamos como Beckhan!

Renzo me miró tan tierno que si el destino me hubiese convertido en Spice Girl hubiese aceptado sin problemas.

Mi mamá aceptó darnos permiso luego de cuestionar hasta el cansancio el por qué jugaríamos en una canchita callejera y no en un club o un estadio. Los gritos inefables de Matías y sus pataleos hicieron que mami acepte enviarnos a la canchita bajo la supervisión de Zaida, la empleada.

Renzo esperaba unos metros más allá y se sorprendió de vernos salir con la empleada. Saludó educadito y nos llevó a la canchita. En el camino nos hablaba de los goles que había convertido un día antes. Matías estaba encantado escuchando al Zidane sanborjino y yo era inmensamente feliz de vivir ese momento.

No lo he dicho antes, pero juego fútbol desde los seis años y no solo me gusta, también me apasiona y dicen que soy bastante bueno. Tengo fuerza en las piernas y ojo para anotar.

En la canchita un grupo de muchachitos guapetones y sudosos nos esperaban. Renzo nos presentó como sus nuevas contrataciones, yo quería ser otra cosa…

Se armaron dos equipos de cinco jugadores. Matías jugaría en el equipo de Renzo y yo fui a parar al equipo de Axel, un rubiecito ondulado que se creía pelotero, entrenador, psicólogo deportivo, hincha vehemente y que juraba que el duelo que sostendríamos sería casi una final de la copa del mundo.

Estaba nervioso, no lo niego. Los gritos de Axel me estresaban y mi porrista particular, Zaida, la empleada, no paraba de gritar ¡vamos Ángel!!

Vi que Renzo y Matías se llevaban bien jugando y hacían paredes y jugaditas vistosas. Nos metieron un gol.

Axel chillaba y decía que no podíamos perder, que los animales malditos del otro equipo no podían ganarnos.

Renzo me miró burlón y dijo ¡Uyyy, Ángel, qué decepción, te chupas!!

Eso fue suficiente para convertirme en un futbolista con el espíritu de Rubí. ¡Nadie me minimiza, menos un hombre que me interesa!

Apenas recibí el balón me convertí en un Oliver Atom, en un Ronaldo agringado y agrandado. Hice piruetas, corrí, salté, me llevé a todos, sudé y anoté 4 goles en ese partidito.

Mi porrista propia Zaida no paraba de saltar y alentar que en esa canchita sanborjina estaba el sucesor de Maradona; Axel me llegó a cargar llamándome campeón; mi hermano Matías estaba picón y Renzo, Renzito se me acercó y palmeándome el hombro me dijo: ¡Mañana juegas en mi equipo! Me derretí de los pies a la cabeza.

Nos regresábamos a casa y Matías insistía que ese había sido mi día de suerte, que en el siguiente partido me haría morder polvo, cuando Renzo nos detuvo.

-Hey, chicos, ¿no quieren ir más tarde a jugar play a mi casa? Todas las tardes nos juntamos un grupo y hacemos competencia.

Matías aceptó de inmediato y yo no podía creer que el príncipe rico y vecino que me quitaba el sueño me estuviera invitando a su castillo…

Convencimos a mami y papi, dijimos que ya éramos grandes y exigimos ir solos y sin Zaida. Aceptaron.

Matías me apuraba, pero yo me demoraba decidiendo que ponerme. No jodan, iría a la casa del chico por el que suspiraba y no podía ir zarrapastroso. Debía ir lindo, peinado, perfumado, hidratado, debía llegar a esa casa e impresionarlo como impresionaba Rubí al llegar a cualquier lugar.

Partimos y Matías daba cuenta de la manera en que destruiría los josticks matando invasores y que llegaría a miles de puntos, yo quería verlo a él, quería estar cerca, quería que me palmotee la espaldita otra vez.

Renzo nos recibió con algarabía y nos puso frente al televisor grande para empezar con la competencia.

De la nada me dijo ¡Oe, me gusta tu perfume! Me sentí en las nubes. ¡Se puso el perfume de mi viejo! dijo Matías arruinando el momento.

Yo no paraba de mirar a Renzo. Cuando él no me veía lo miraba detenidamente y apreciaba su carita rica. Él volteaba al sentir mis ojos y yo desviaba la mirada. Por ratos me sonreía y por ratos yo recordaba que Rubí no podía desaprovechar esos momentos y quería soltar algún comentario seductor. Matías y sus gritos guerreros y la cordura que debía guardar evitaban que Rubí se posicionara de mí…

Llegaron Axel y tras él, Santiago, otro peloterito del barrio. ¡Aquí está el goleador! gritó Axel ruborizándome.

-Ángel, ¿me acompañas a mi cuarto un toque? – me preguntó Renzo. Quiero que me ayudes a escoger los juegos de hoy.

Quedé mudo. Sentí que el príncipe del castillo me invitaba a su recamara. Como movido por el viento lo seguí.

Subimos la escalera, llegamos al segundo piso y entramos a su cuarto. Era grande, colorido y denotaba que Renzo amaba el fútbol: posters de futbolistas y escudos del Real Madrid y el Alianza Lima lo atiborraban.

Me puse a ver unos marcos de fotos que tenía sobre su repisa. Ahí estaba él lindo, niño, disfrazado de zanahoria en una imagen y en otra haciendo pataditas cual campeón.

De pronto, sentí sus manos sobre mis hombros, me congelé…

-Angel – balbuceó hablando bajito.

Sentí un cosquilleo por todo el cuerpo, era como miedo, era como arrechura tímida, era como un no sé…

De pronto él…

(Continuará…)

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ÁNGEL
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